14 de junio de 2026

Dios toca la puerta

Dios tiene una lógica propia con nosotros: toca la puerta de nuestro corazón, entra y nos bendice con promesas y esperanza, nos hace su tesoro preciado, transforma nuestra vida en el ahora y nos envía como misioneros al mundo.

Predicado por

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Jonathan Hanegan

14 de jun de 2026


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Lo que vimos la semana pasada

La semana pasada hablamos de una postura, una disposición hacia Dios: el verdadero arrepentimiento. Dijimos que a Dios no le interesan tanto los grandes cultos ni las celebraciones, todo lo exterior. ¿Qué le interesa? Lo que realmente sale del corazón. Descubrimos que a Dios le importa un montón nuestra vida interior, y que anhela tanto estar con nosotros que tomó forma humana. ¿Cuál es la manera más palpable en que nos demuestra ese deseo? La encarnación: Dios se hizo carne para estar con nosotros.

Esta semana recordamos otros momentos en que Dios visitó a la humanidad de una forma especial, para descubrir juntos una lógica muy propia de Él

Dios visita a Abraham

Uno de los primeros pasajes que leímos fue del libro de Génesis, y tiene un detalle importantísimo. Dice que «el Señor se le apareció a Abraham», y enseguida aparecen «tres hombres». Cuando dice SEÑOR, en la mayoría de las Biblias está escrito todo en mayúsculas, porque reemplaza el nombre propio de Dios: Yahvé. Entonces Yahvé se le aparece a Abraham… en la forma de tres hombres. ¿Está mal escrito el relato? No: Dios se hace presente a través de esas tres personas. Es lo que llamamos una epifanía.

«El Señor se le apareció a Abraham junto al encinar de Mamré, cuando él estaba sentado a la entrada de su carpa, a la hora más calurosa del día. Abraham alzó la vista y vio a tres hombres de pie cerca de él. Al verlos, corrió desde la entrada de la carpa a recibirlos, y se inclinó hasta el suelo.» — Génesis 18:1-2 (NVI)

¿Y qué hace Abraham frente a estos desconocidos? Los atiende, los atiende, los recibe. En el mundo antiguo el extranjero era muy valioso: había visto tierras que vos no habías visto, conocía idiomas, traía talentos que en tu pueblo no había. Y además se creía que los dioses solían venir en forma de extraños. Por ese doble motivo, la gente recibía al desconocido por todo lo que podía llegar a aprender de él.

Gracias a la hospitalidad de Abraham, Dios le comunica una promesa: su esposa va a tener un hijo. Y el pasaje es bastante crudo: Sara ya era viejita, y Abraham más viejo todavía. Cuando escucha la promesa, Sara se ríe. ¿De dónde viene esa risa? Puede ser de nervios, de incredulidad, hasta un poco cínica: seis capítulos antes Dios ya le había prometido a Abraham una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo… y todavía no había pasado nada.

Así que Dios está armando su pueblo, ¿y con quién? Con un viejo y una señora estéril. Dios no trabajaba en recursos humanos, ¿no? No vio los perfiles de las personas con que quería trabajar. Pero así, justamente así, va armando su pueblo: porque quería conocerlo y, a través de él, darse a conocer a todas las naciones.

En el Sinaí: su tesoro especial

Después pasamos a Éxodo 19, a una escena fantástica en el desierto del Sinaí. El pueblo está frente a la montaña y Dios les habla:

«Ustedes son testigos de lo que hice con Egipto, y de cómo los he traído hacia mí como sobre alas de águila. Si ahora ustedes me son del todo obedientes, y cumplen mi pacto, serán mi tesoro especial entre todas las naciones. Aunque toda la tierra me pertenece, ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa.» — Éxodo 19:4-6 (NVI)

Es interesante: en los dieciocho capítulos anteriores no solo estaban las promesas y el accionar de Dios para rescatar a su pueblo del faraón; también estaban las quejas, la incredulidad, la risa de Israel. Y aun así Dios les dice: si quieren, pueden llegar a ser mi tesoro especial. El pueblo respondió a una sola voz: «Haremos todo lo que el Señor ha dicho».

¿Alguno tiene un tesoro en casa? Pienso en mis abuelos y bisabuelos, que guardaban sus cosas en una caja fuerte —si tenían suerte— o debajo del colchón. A mi bisabuela, cuando falleció, le encontramos un montón de plata bajo el colchón. Cada uno tiene un tesoro, y no siempre es valioso para los demás: es especial por algo muy nuestro. Y Dios le dice a su pueblo: son mi tesoro especial. Los aparta de la maldad y de los falsos dioses, y los llama reino de sacerdotes y nación santa.

Un reino de sacerdotes

¿Qué significa ser un reino de sacerdotes, si en esa época todavía no se había hablado de las tribus ni de los levitas? No quería decir que todos fueran sacerdotes, sino que el pueblo entero funcionara como uno. ¿Cuál es el papel de un sacerdote? Existe para mediar la presencia de Dios, para invitar a la gente a entrar en ella. Esa iba a ser la vocación de todo el pueblo: animar a los demás a entrar en la presencia de Dios, a dialogar con Él, a conocerlo.

¿No les recuerda algún versículo? Pedro toma todas estas palabras que eran para Israel y se las aplica a la iglesia:

«Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable.» — 1 Pedro 2:9 (NVI)

Seguimos siendo el tesoro especial de Dios: un reino de sacerdotes, una nación santa, apartada para Él.

Paz con Dios, tribulación transformada

Está muy bien, ¿pero cómo se vive esto? En Romanos 5 vimos un pasaje precioso. A veces se cuenta la historia del cristianismo como si Dios estuviera enojado con nosotros, y entonces viniera el Hijo a rescatarnos del Padre. Eso está muy mal. Si nunca lo escucharon, mejor: porque no es así. ¿Quién estuvo desde el principio detrás de los seres humanos para amarlos y estar en comunión con ellos? El mismo Dios.

En Romanos 5 descubrimos que, justificados por la fe, ahora tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesús. Y me encanta lo que sigue:

«Y no sólo esto, sino que también nos regocijamos en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado.» — Romanos 5:3-5 (NVI)

¿A quién le gustan las tribulaciones? A nadie. Las personas que no tienen paz con Dios viven tribulaciones, y las que sí la tienen también las viven. ¿Cuál es la diferencia? Que en Dios esa misma vida produce paciencia, carácter y esperanza. La vivimos de otra manera, porque su amor ha sido derramado en nuestro corazón.

Me gusta pensar en Dios como un alquimista. En el mundo antiguo muchos buscaban la receta para convertir metales baratos en oro. No hablo de brujería ni de magia, sino del hecho de que Dios toma lo malo, lo barato, lo trivial, lo triste, lo injusto, y mezclándolo con la paz que ahora tenemos, ¿qué saca? Paciencia, carácter y esperanza. ¿Quién puede hacer algo así? Únicamente Dios.

Por eso, si a ustedes les dijeron que la vida cristiana es fácil, les mintieron. Es difícil, y muchas veces sufrimos las mismas tribulaciones que cualquiera. Pero le abrimos la puerta a Dios, Él entra y cambia nuestra realidad.

La esperanza es para el ahora

A veces malentendemos la salvación. Nos cuentan que Jesús murió, resucitó, ascendió y vuelve otra vez —y es verdad—, pero solemos dejar toda la esperanza plasmada en el más allá. Si miran un himnario, casi siempre que habla de esperanza habla del cielo. Yo también espero ansioso el día en que Jesús termine con todo el mal y con el sufrimiento. Pero nuestra esperanza no está solo en el más allá: pensar así es una comprensión incompleta del evangelio.

¿Dónde arranca nuestra esperanza? El día que nos bautizamos ya empezamos a gozarla. Esa esperanza tiene que ver con la transformación de nuestra realidad presente. Si se ponen a pensar dónde estaban hace cinco, diez o veinte años, muchos no estaban acá, no tenían el mismo corazón ni las mismas prioridades. Éramos otras personas. Ese amor derramado en nuestro corazón ya está dando fruto.

Por eso la salvación también es para hoy y para mañana: las reconciliaciones en la familia, el crecer en paciencia, el amar más al prójimo. Eso también es salvación. A veces pensamos que siempre es a futuro, y eso desanima. Pero Dios está con nosotros también en la lucha de cada día. La salvación es para hoy, para mañana y para la vida eterna.

El corazón misionero de Jesús

Terminamos leyendo Mateo 9:35 al 10:8, donde se ve el espíritu misionero de Jesús: nombra discípulos, después apóstoles, y los envía a compartir las buenas nuevas. Desde el principio vemos en Dios un corazón misionero.

«La cosecha es abundante, pero son pocos los obreros —les dijo a sus discípulos—. Pídanle, por tanto, al Señor de la cosecha que envíe obreros a su campo.» — Mateo 9:37-38 (NVI)

¿Qué es un misionero? Una persona con una misión. ¿Pueden ustedes ser misioneros? Sí. ¿Deberían? Tienen la misión de llevar la palabra de Dios a quienes todavía no la conocen. Y esto es la continuación de lo que Dios ya había empezado en Éxodo: ser un reino de sacerdotes y una nación santa no era para guardarnos el tesoro para nosotros mismos. La manera en que glorificamos a Dios es que sea conocido entre todas las personas.

La lógica de Dios

Si juntamos todo, aparece una lógica muy propia de Dios:

  1. Toca la puerta. Toca la puerta de tu corazón, porque quiere entrar.

  2. Cuando entra, nos bendice con promesas y con esperanza.

  3. Nos pregunta si queremos ser su tesoro preciado, nunca obliga.

  4. Pelea por nosotros y transforma nuestra vida.

  5. Y nos envía como misioneros al mundo.

Me encanta que Dios no obligó a Israel a seguirlo: les preguntó, varias veces en la Torá, «¿Quieren ser mi pueblo?». Y ellos respondieron que sí. Cuando más tarde reclamaban, Él les recordaba: acuérdense de que ustedes también me eligieron a mí.

Preguntas para llevar la semana

Les dejo algunas preguntas, pero quédense con una sola durante la semana:

  1. ¿Hemos sido hospitalarios con Dios? ¿Le abrimos nuestro corazón y nuestra casa?

  2. ¿Hemos abrazado la esperanza que Él ofrece, o seguimos riéndonos por incredulidad?

  3. ¿Nos damos cuenta de que pertenecemos al tesoro más preciado de Dios, a su pueblo?

  4. ¿Cómo ha transformado Dios nuestra vida en el ahora?

  5. ¿Hemos entendido nuestra vocación misionera?

Cerramos con el Salmo 100

Quiero dejarlos otra vez con el Salmo 100, uno de mis preferidos:

«Aclamen alegres al Señor, habitantes de toda la tierra; adoren al Señor con regocijo. Preséntense ante él con cánticos de júbilo. Reconozcan que el Señor es Dios; él nos hizo, y somos suyos. Somos su pueblo, ovejas de su prado. Entren por sus puertas con acción de gracias; vengan a sus atrios con himnos de alabanza; denle gracias, alaben su nombre. Porque el Señor es bueno y su gran amor es eterno; su fidelidad permanece por todas las generaciones.» — Salmo 100:1-5 (NVI)

Que Dios les bendiga.

Pasaje bíblico

  • Génesis 18:1-2 (NVI)
    El Señor se le apareció a Abraham junto al encinar de Mamré, cuando él estaba sentado a la entrada de su carpa, a la hora más calurosa del día. Abraham alzó la vista y vio a tres hombres de pie cerca de él. Al verlos, corrió desde la entrada de la carpa a recibirlos, y se inclinó hasta el suelo.
  • Éxodo 19:4-6 (NVI)
    Ustedes son testigos de lo que hice con Egipto, y de cómo los he traído hacia mí como sobre alas de águila. Si ahora ustedes me son del todo obedientes, y cumplen mi pacto, serán mi tesoro especial entre todas las naciones. Aunque toda la tierra me pertenece, ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa.
  • 1 Pedro 2:9 (NVI)
    Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable.
  • Romanos 5:3-5 (NVI)
    Y no sólo esto, sino que también nos regocijamos en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado.
  • Mateo 9:37-38 (NVI)
    La cosecha es abundante, pero son pocos los obreros —les dijo a sus discípulos—. Pídanle, por tanto, al Señor de la cosecha que envíe obreros a su campo.
  • Salmos 100:1-5 (NVI)
    Aclamen alegres al Señor, habitantes de toda la tierra; adoren al Señor con regocijo. Preséntense ante él con cánticos de júbilo. Reconozcan que el Señor es Dios; él nos hizo, y somos suyos. Somos su pueblo, ovejas de su prado. Entren por sus puertas con acción de gracias; vengan a sus atrios con himnos de alabanza; denle gracias, alaben su nombre. Porque el Señor es bueno y su gran amor es eterno; su fidelidad permanece por todas las generaciones.

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